Del sigilo a la luz.
Desparramé guirnaldas al llegar la brillantez del silencio.
Podía ver la oscuridad, escuchar el viento, palpar el frío en el húmedo rincón.
Cuando mis pies desnudos quisieron pisar fuerte y cualificar mi presencia en
este mundo, lloré. Valoré el aire que respiré por mis poros, que ahogados
bebían gotas del agua que resbalaba por el musgo.
Este es mi claustro, mi destierro, exilio voluntario y
eterno. Soy, atado a mis manos atadas. Esclavo de mis cadenas. Ojos cerrados y
abiertos, del silencio soy, del silencio me alimento.
Edgardo Benítez
Santa Ana, El Salvador

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