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sábado, 20 de junio de 2026

 


Luciérnagas en el día
Edgardo Benítez

No fuimos diseñados para vivir en el pasado. O acaso yo pudiese oír el sonido de ayer, o podrías tú escuchar el sonido de mañana, claro que no.

Tenemos la capacidad natural de vivir el presente, lo demás es la argucia de nuestra memoria que puede jugar a nuestro favor o en nuestra contra.

Hasta hoy hemos caminado esclavos de nosotros mismos por no comprender la interioridad del instante, de la interioridad de dios, de nosotros mismos, en consecuencia, en los 7000 millones de seres humanos que somos no hay uno que pueda gobernar su pensamiento, no hay uno solo que no pueda comprender que nos dejamos robar a dios, nos dejamos robar la interioridad de dios, ya sea por negocio, por deseo de poder o por lo que sea.

 

No es cierto que el ser humano envejezca, envejecemos por la manera equivocada de pensar, envejecemos porque tenemos miedo.

Tampoco es cierto que exista la muerte. Como final de un todo, no es verdad, lo que existe es el final de la vida.

 

 ¿Sufrimos entonces por qué? Es la pobreza de nuestro pensamiento, por la ausencia de pensar, por no pensar en ayudar al semejante.

 

No hay nada en la tormenta por fuerte que esta sea que pueda doblegarnos, dependerá de lo que pensamos y solo así podemos encontrar nuestra propia divinidad.

 

Solo nosotros vemos lo que nos castiga, en consecuencia, nos convertimos en nuestro propio juez, nuestro propio jurado, nuestro propio verdugo y al final terminamos convirtiéndonos en nuestra propia guillotina.

 

martes, 16 de junio de 2026

Bañándome en un río con Heráclito




Dicen que para imaginar no necesito nada. Que basta cerrar los ojos y listo: el mundo nuevo aparece.

Mienten.

Yo no imagino desde el vacío. Imagino desde el escombro.

Para soñar otro cauce, primero tuve que ahogarme en este. Para inventar un agua que no corte, primero tuve que sangrar con la piedra. La memoria me dejó el barro en las manos. La imaginación es solo el atrevimiento de meter los dedos y darle otra forma.

El recuerdo es mi biblioteca rota. Cada cristal en el suelo es una página. Cuando quiero imaginar, no miro al cielo: me agacho. Recojo un fragmento que aún arde y le pregunto: “¿y si no hubieras cortado?” “¿Y si hubieras sido ventana?”

Sin la cicatriz, no sabría inventar la caricia.
Sin el grito, no sabría imaginar el silencio que abraza.
Sin haberme perdido en el río de ayer, no podría dibujar el puente de mañana.

La llamita esa que no se apaga hace dos trabajos: con una mano sostiene el álbum de fotos que duelen, con la otra enciende la vela para ver qué más hay en el cuarto.

Heráclito tenía razón: no me baño dos veces en el mismo río.
Pero gracias a la memoria, puedo imaginarme bañándome en otro. Puedo cerrar los ojos, tocar la cicatriz del agua fría en mi piel, y decirle al río que no existe todavía: “te espero”.

Quizás, no, de seguro, imaginar es el acto más humilde.
Es reconocer que todo lo nuevo que creo está hecho de todo lo viejo que me pasó.
Es arrodillarme frente al barro de mi vida y susurrarle: “déjame intentarlo otra vez, pero distinto”.

La memoria me da las piedras.
La imaginación me da el coraje de lanzarlas al agua y ver qué ondas invento.

Y si no floto, al menos habré dibujado un círculo nuevo en el río.

domingo, 24 de mayo de 2026

 

Algunos jamás escribieron un poema y aun así fueron poesía



Antes del ser humano, la poesía ya era.
No hablo del poema. El poema vino después: cuando alguien intentó traducir una mínima parte de aquello que ya respiraba en el mundo.
La poesía no nació en la página. Tampoco en la boca del poeta. Estaba en la piedra, en el sonido, en el silencio y en la respiración antes de recibir nombre.
La poesía ocurre en instantes que el poeta alcanza a colocar entre el sonido y el silencio.
El poeta no crea la poesía. Apenas la reconoce.
Algunos jamás escribieron un poema y aun así fueron poesía.
Del poeta pueden asesinar el poema, pero no la poesía.
Porque la poesía no pertenece al papel. Permanece aun cuando nadie escribe.
Quizá por eso el ser humano es poesía por existir, mientras el poeta lo es por intentar plasmarla.
Y quizá también por eso nuestra madre nunca se llamó de otra forma.
Se llamaba poesía.

domingo, 22 de febrero de 2026

La muerte del escritor: Un ensayo sobre la creación literarioa

 






La Muerte del Escritor: Un Ensayo sobre la Creación Literaria


La palabra, ese instrumento de doble filo, capaz de crear y destruir con la misma facilidad. ¿Qué sucede, entonces, cuando la palabra se vacía de significado, cuando se convierte en un murmullo hueco, en un eco sin sentido que se pierde en el vacío?


Es entonces cuando nos damos cuenta de que la palabra no es más que un vehículo, un medio para transmitir algo que la trasciende. Y si ese algo no está allí, si no hay un mensaje, una emoción, una idea que comunicar, entonces la palabra es solo un cascarón vacío, un espectro de lo que una vez fue.


La literatura, ese arte de la palabra, no es ajeno a esta crisis. Cuántos textos, cuántos poemas, cuántas novelas se escriben sin que haya nada que decir, sin que haya un corazón que late detrás de las palabras, un alma que se desborda en la página como un río desbordado. El jugo de la literatura se derrama sobre su adorable encanto, pero ¿dónde está el néctar que nos hace vibrar?


Un escritor debe tener un mensaje para transmitir, algo que decir, algo que compartir. No puede ser solo un ejercicio de estilo, un juego de palabras vacías, un baile de sombras en la pared. Debe haber una intención, una pasión, una idea que impulse la escritura como un viento huracanado. Pero, ¿no es acaso el escritor el que asesina a la Literatura cuando se conforma con la mediocridad, cuando sacrifica la verdad por la fama o el reconocimiento?


Como dice Borges en "El espejo y la máscara", la perfección de un poema es un arma de doble filo: refleja la verdad, pero también oculta la humanidad del poeta. La búsqueda de la perfección puede ser un sacrificio, un trueque de la autenticidad por una belleza estéril, un espejismo que nos aleja de la verdad más profunda.



Pero, ¿qué es lo que hace que una palabra, un texto, un poema sea válido? ¿Es acaso la forma en que se estructura, el ritmo que lleva, la rima que canta? No, no es solo eso. Es algo más profundo, algo que viene de dentro, algo que late como un corazón en la oscuridad. Es la pasión, la emoción, la idea que se quiere transmitir.


La perfección, entonces, es la muerte del escritor. Porque cuando se alcanza, ya no hay nada que descubrir, nada que explorar, nada que crear. El escritor se ha convertido en un reflejo de sí mismo, en un espejo que solo refleja la perfección, pero no la vida.


Así que, como escritor, no me engañaré. No me quedaré en la superficie, no me conformaré con la palabra vacía. Buscaré la esencia, la verdad, y si no la encuentro, callaré. Porque, al final, la palabra solo vale si tiene algo que decir, si tiene un alma que late detrás de ella. Y si no, ¿no será que he asesinado a la Literatura?


Edgardo Benitez 

El Salvador 


  El lugar inviolable Hay un territorio al que nadie llega acompañado. No tiene fronteras ni mapas. Tampoco necesita puertas. Allí los p...