La Muerte del Escritor: Un Ensayo sobre la Creación Literaria
La palabra, ese instrumento de doble filo, capaz de crear y destruir con la misma facilidad. ¿Qué sucede, entonces, cuando la palabra se vacía de significado, cuando se convierte en un murmullo hueco, en un eco sin sentido que se pierde en el vacío?
Es entonces cuando nos damos cuenta de que la palabra no es más que un vehículo, un medio para transmitir algo que la trasciende. Y si ese algo no está allí, si no hay un mensaje, una emoción, una idea que comunicar, entonces la palabra es solo un cascarón vacío, un espectro de lo que una vez fue.
La literatura, ese arte de la palabra, no es ajeno a esta crisis. Cuántos textos, cuántos poemas, cuántas novelas se escriben sin que haya nada que decir, sin que haya un corazón que late detrás de las palabras, un alma que se desborda en la página como un río desbordado. El jugo de la literatura se derrama sobre su adorable encanto, pero ¿dónde está el néctar que nos hace vibrar?
Un escritor debe tener un mensaje para transmitir, algo que decir, algo que compartir. No puede ser solo un ejercicio de estilo, un juego de palabras vacías, un baile de sombras en la pared. Debe haber una intención, una pasión, una idea que impulse la escritura como un viento huracanado. Pero, ¿no es acaso el escritor el que asesina a la Literatura cuando se conforma con la mediocridad, cuando sacrifica la verdad por la fama o el reconocimiento?
Como dice Borges en "El espejo y la máscara", la perfección de un poema es un arma de doble filo: refleja la verdad, pero también oculta la humanidad del poeta. La búsqueda de la perfección puede ser un sacrificio, un trueque de la autenticidad por una belleza estéril, un espejismo que nos aleja de la verdad más profunda.
Pero, ¿qué es lo que hace que una palabra, un texto, un poema sea válido? ¿Es acaso la forma en que se estructura, el ritmo que lleva, la rima que canta? No, no es solo eso. Es algo más profundo, algo que viene de dentro, algo que late como un corazón en la oscuridad. Es la pasión, la emoción, la idea que se quiere transmitir.
La perfección, entonces, es la muerte del escritor. Porque cuando se alcanza, ya no hay nada que descubrir, nada que explorar, nada que crear. El escritor se ha convertido en un reflejo de sí mismo, en un espejo que solo refleja la perfección, pero no la vida.
Así que, como escritor, no me engañaré. No me quedaré en la superficie, no me conformaré con la palabra vacía. Buscaré la esencia, la verdad, y si no la encuentro, callaré. Porque, al final, la palabra solo vale si tiene algo que decir, si tiene un alma que late detrás de ella. Y si no, ¿no será que he asesinado a la Literatura?



