Amanecer en la casa del bosque
No la reconocí por el rostro.
La reconocí por la manera de
quedarse en silencio antes de responder una pregunta.
Habían pasado más de veinte
años desde la última vez que hablamos.
Nos encontramos una tarde de
lluvia en una librería del centro de Santa Ana. Yo hojeaba un libro de cuentos
cuando escuché una voz detrás de mí.
—Sigues leyendo el final antes
de comprar el libro.
Sonreí antes de volverme.
Solo una persona conocía esa
vieja costumbre.
—Clara...
Ella sonrió con la misma
serenidad de siempre.
El tiempo había dejado su firma
en ambos, pero no había conseguido borrar aquello que nos hizo amigos cuando
apenas empezábamos a creer que la vida era infinita.
Caminamos hasta un café
cercano.
Durante un buen rato hablamos de
otras personas, nunca de nosotros.
Era más fácil recordar a los
ausentes que explicar tantos años de silencio.
—¿Qué fue de tu vida? —pregunté
al fin.
Miró por la ventana antes de
responder.
—Aprendí que los caminos largos
no siempre llevan lejos.
No entendí la frase.
Ella tampoco intentó
explicarla.
Seguimos conversando como si
apenas hubiéramos interrumpido una charla la semana anterior.
Recordamos al profesor que
aseguraba que los libros podían cambiar el carácter de una persona.
Al viejo amate del parque donde
pasábamos las tardes leyendo.
Las caminatas sin rumbo por las
calles antiguas de Santa Ana.
Y las promesas que hicimos con
la ingenuidad de los veinte años.
—¿Recuerdas que dijimos que
volveríamos al bosque? —preguntó.
Tardé unos segundos.
Después recordé.
La vieja casa de madera.
El corredor.
El olor permanente a café.
Y una ventana desde donde ella
decía que podía escucharse crecer el musgo.
—Creí que la habían demolido.
Negó con la cabeza.
—Las casas no desaparecen tan
fácilmente.
Guardó silencio.
Luego añadió:
—Solo esperan.
Pidió otro café.
Yo observé sus manos.
Fue entonces cuando descubrí la
silla de ruedas.
No hice ninguna pregunta.
Ella advirtió mi mirada.
—Llegó hace ocho años.
Lo dijo con una tranquilidad
que desarmaba cualquier intento de compasión.
—Todavía me lleva donde quiero
ir.
Después sonrió.
—Aunque a veces llega antes que
yo.
Reímos.
Por un instante volvimos a
tener veinte años.
Cuando nos despedíamos, apoyó
una mano sobre mi brazo.
—¿Vendrías conmigo mañana?
—¿Adónde?
—A la casa del bosque.
Necesito despedirme de ese
lugar.
La miré sin comprender.
Quise preguntar de qué se
despedía.
Pero algo en su expresión me
hizo entender que algunas preguntas encuentran mejores respuestas cuando uno
decide acompañarlas.
—Está bien —respondí.
—Pasaré por ti a las cuatro.
Mientras la veía alejarse bajo
la lluvia, tuve una sensación extraña.
No era la impresión de haber
encontrado a una vieja amiga.
Era la de haber llegado, otra
vez, demasiado tarde a una conversación que llevaba años esperándome.
Al día siguiente apareció a la
hora convenida.
El cielo estaba cubierto por
una neblina baja que hacía parecer más antiguas las calles de Santa Ana.
—Pensé que no vendrías —le dije
mientras acomodaba una mochila en el asiento trasero.
—Yo también lo pensé.
Lo dijo sonriendo.
Conducimos casi una hora.
La ciudad fue quedando atrás.
Los cultivos de café dieron
paso a los pinos, y los pinos terminaron cediendo su lugar a un bosque tan
espeso que el sol apenas encontraba espacio entre las ramas.
Durante buena parte del camino
hablamos de cosas pequeñas.
De los libros que ya no
leíamos.
De los amigos que el tiempo
convirtió en fotografías.
De los cafés que habían
cerrado.
De las librerías donde ya nadie
preguntaba por poesía.
Había una tranquilidad difícil
de explicar.
Como si los veinte años de
ausencia se estuvieran deshaciendo kilómetro a kilómetro.
En un recodo del camino Clara
me pidió que detuviera el automóvil.
—Quiero caminar un poco.
Bajé la silla de ruedas.
Ella me miró divertida.
—Todavía puedo hacer algunas
cosas sola.
La observé avanzar despacio por
un sendero cubierto de hojas secas.
Parecía conocer cada piedra.
Cada árbol.
Cada curva.
Se detuvo frente a un enorme
roble.
Apoyó la mano sobre el tronco.
No dijo nada.
Yo tampoco.
Después de unos minutos volvió
hacia mí.
—Mi abuelo decía que este árbol
tiene mejor memoria que nosotros.
—¿Y tú le creías?
—No cuando era niña.
Ahora ya no estoy tan segura de
quién olvidó primero.
Continuamos el viaje.
La casa apareció entre la
niebla casi sin anunciarse.
Era exactamente como la
recordaba.
Las mismas tablas oscuras.
El mismo corredor estrecho.
Las mismas ventanas altas
mirando al bosque.
Solo el techo parecía más
vencido por los años.
Mientras abría la puerta, Clara
pasó lentamente la mano sobre la madera.
Como quien saluda a un viejo
amigo.
—Nunca pensé que volvería a
verla —dije.
Ella permaneció unos segundos
contemplando la casa.
—Las casas siempre esperan.
Somos nosotros los que tardamos
demasiado.
Entramos.
El aire olía a madera húmeda,
libros viejos y café.
No había electricidad.
Encendimos un par de lámparas
de petróleo.
Las sombras comenzaron a
moverse por las paredes.
Entonces comprendí por qué
Clara había insistido tanto en regresar.
Aquella casa no estaba
abandonada.
Solo llevaba muchos años
esperando que alguien La lluvia comenzó poco después del anochecer.
Primero fueron unas gotas
dispersas sobre el techo de zinc.
Luego el bosque entero pareció
llenarse de agua.
Mientras preparaba el café,
Clara encontró un viejo reproductor de discos compacto cubierto por una tela.
—Todavía funciona —dijo.
Revisó una pequeña caja de
madera donde alguien había dejado varios discos.
Sonrió.
—No puede ser.
Sacó uno y me lo mostró.
Pink Floyd.
—¿Lo recuerdas?
—Lo escuchábamos cuando estudiábamos.
—Cuando todavía creíamos que el
tiempo caminaba a nuestra velocidad.
Puso el disco.
Los primeros acordes de Wish
You Were Here llenaron la sala con una suavidad que parecía no venir de
los parlantes, sino de la madera de la casa.
Nos sentamos frente a la
chimenea.
Durante varios minutos ninguno
habló.
No era un silencio incómodo.
Había silencios que solo podían
aparecer después de veinte años.
—¿Sabes? —dijo sin apartar la
vista del fuego—. Durante mucho tiempo estuve enojada contigo.
No esperaba aquella confesión.
—Lo imaginé algunas veces.
—¿Y nunca preguntaste por qué?
—Pensé que ya era tarde.
Sonrió con tristeza.
—Siempre creíste eso.
Guardé silencio.
Tenía razón.
Siempre llegaba tarde.
Tarde para pedir perdón.
Tarde para llamar.
Tarde para volver.
—¿Recuerdas el día que dejamos
de hablarnos? —preguntó.
Hice memoria.
Solo encontré fragmentos.
—Discutimos.
—No.
—Entonces...
—Nos fuimos callando.
La respuesta me dolió más que
cualquier discusión.
Porque era cierta.
Nadie había cerrado la puerta.
Simplemente dejamos de
cruzarla.
Ella tomó un sorbo de café.
—Mi abuelo decía que las
amistades nunca terminan de golpe.
Se parecen a los senderos del
bosque.
Si dejas de caminar por ellos,
la maleza hace el resto.
La observé.
Seguía teniendo esa extraña
manera de hablar en imágenes.
Cuando éramos jóvenes yo me
reía de eso.
Ahora empezaba a comprenderla.
—¿Y por qué quisiste volver
precisamente aquí? —pregunté.
Miró la ventana.
Afuera apenas podía
distinguirse el bosque.
Era una oscuridad viva.
—Porque aquí entendí una cosa.
Esperé.
—Los lugares también nos
recuerdan.
No supe qué responder.
Ella continuó.
—Nos pasamos la vida creyendo
que solo nosotros guardamos memoria.
Pero las casas recuerdan.
Los árboles recuerdan.
Los caminos recuerdan.
Hasta el silencio recuerda.
La lluvia golpeó con fuerza el
techo.
El fuego lanzó una chispa.
Por un instante tuve la
sensación de que la casa respiraba.
—¿Sabes qué fue lo primero que
olvidé? —preguntó.
Negué con la cabeza.
—Mi miedo.
La miré sorprendido.
Sonrió.
—Después olvidé el rencor.
Y cuando olvidé el rencor
comprendí que ya podía volver.
Se quedó mirando el bosque.
—Solo me faltaba despedirme.
No pregunté de qué.
Sentí que aquella respuesta no
me pertenecía.
La música seguía sonando.
Wish You Were Here.
Clara cerró los ojos.
—Escucha.
Agucé el oído.
—No escucho nada.
—Exactamente.
Sonrió.
—El bosque nunca habla mientras
uno hace preguntas.
Solo responde cuando aprendemos
a guardar silencio.
Apagó la lámpara que tenía
junto a la silla.
La habitación quedó iluminada
únicamente por el fuego.
Antes de retirarnos a dormir me
dijo:
—Hay una ventana en el
corredor.
No la cierres.
—¿Entra mucho frío?
Negó con la cabeza.
—No.
Hay cosas que necesitan
encontrar la casa abierta cuando llega el amanecer.
No volvió a decir una palabra.
cómo entrar en ella[EB1] [EB2] .
La noche terminó sin que me
diera cuenta.
Debí quedarme dormido en el
sillón.
Cuando abrí los ojos, el fuego
era apenas un puñado de brasas.
La música había terminado.
Solo el bosque seguía despierto.
Una claridad pálida comenzaba a
entrar por las ventanas, dibujando líneas blancas sobre el piso de madera.
Durante unos segundos permanecí
inmóvil.
No sabía qué era exactamente lo
que me había despertado.
No había ningún ruido.
Precisamente eso.
El silencio.
No el silencio de una casa
vacía.
El de un lugar que acababa de
despedirse de alguien.
—¿Clara?
Mi voz sonó extraña, como si la
madera hubiera decidido quedarse con una parte de ella.
No respondió.
Pensé que quizá se había
levantado antes para ver amanecer.
Siempre había dicho que los
árboles cambiaban de rostro con la primera luz.
Encontré dos tazas sobre la
mesa.
La mía estaba vacía.
La de ella todavía conservaba
un poco de café.
Lo toqué.
Estaba tibio.
Sonreí.
—Debe estar cerca.
Recorrí la casa llamándola.
La cocina.
El corredor.
La habitación donde habíamos
dejado las maletas.
Nada.
Llegué hasta la puerta
principal.
El cerrojo seguía echado por
dentro.
Sentí un leve sobresalto.
Abrí una de las ventanas.
El aire olía a tierra recién
nacida.
Miré hacia el sendero.
No había huellas.
Ni siquiera las nuestras.
Como si la lluvia hubiera
borrado únicamente el recuerdo de haber pasado por allí.
Volví sobre mis pasos.
Entonces la vi.
Frente a la ventana.
Su silla de ruedas permanecía
exactamente donde la había dejado la noche anterior.
Sobre el asiento había crecido
una fina película de musgo.
No era mucho.
Pero bastaba para que pareciera
llevar semanas bajo la humedad.
Me acerqué lentamente.
Apoyé una mano sobre el
respaldo.
Estaba frío.
Muy frío.
Debajo de las ruedas, las
tablas comenzaban a abrirse.
Entre las grietas asomaban
pequeñas hojas verdes.
Me arrodillé.
La tierra estaba húmeda.
Olía igual que el bosque.
Fue entonces cuando recordé
algo que Clara había dicho muchas horas antes.
"Los lugares también
nos recuerdan."
Miré alrededor.
La casa parecía la misma.
Y, sin embargo, algo había
cambiado.
Las paredes respiraban un olor
antiguo.
Las vigas crujían con una
cadencia que no había escuchado durante la noche.
Como si la casa, al fin, hubiera
recuperado una presencia que llevaba demasiado tiempo esperando.
No encontré miedo.
Encontré una tristeza serena.
La misma que se siente cuando
uno comprende que algunas despedidas no consisten en irse.
Consisten en quedarse para
siempre en el lugar al que realmente se pertenece.
Antes de marcharme miré una
última vez la silla.
Sobre el musgo descansaba una
hoja de papel doblada.
La reconocí de inmediato.
Era una página arrancada del
libro que Clara compró el día que volvimos a encontrarnos.
Solo tenía una frase escrita
con su letra.
"No llegaste tarde.
Solo hacía falta que
alguien recordara el camino."
Mientras preparaba el café, Clara encontró un viejo reproductor de discos compacto cubierto por una tela.
—Todavía funciona —dijo.
Revisó una pequeña caja de madera donde alguien había dejado varios discos.
Sonrió.
—No puede ser.
Sacó uno y me lo mostró.
Pink Floyd.
—¿Lo recuerdas?
—Lo escuchábamos cuando estudiábamos.
—Cuando todavía creíamos que el tiempo caminaba a nuestra velocidad.
Puso el disco.
Los primeros acordes de Wish You Were Here llenaron la sala con una suavidad que parecía no venir de los parlantes, sino de la madera de la casa.
Nos sentamos frente a la chimenea.
Durante varios minutos ninguno habló.
No era un silencio incómodo.
Había silencios que solo podían aparecer después de veinte años.
—¿Sabes? —dijo sin apartar la vista del fuego—. Durante mucho tiempo estuve enojada contigo.
No esperaba aquella confesión.
—Lo imaginé algunas veces.
—¿Y nunca preguntaste por qué?
—Pensé que ya era tarde.
Sonrió con tristeza.
—Siempre creíste eso.
Guardé silencio.
Tenía razón.
Siempre llegaba tarde.
Tarde para pedir perdón.
Tarde para llamar.
Tarde para volver.
—¿Recuerdas el día que dejamos de hablarnos? —preguntó.
Hice memoria.
Solo encontré fragmentos.
—Discutimos.
—No.
—Entonces...
—Nos fuimos callando.
La respuesta me dolió más que cualquier discusión.
Porque era cierta.
Nadie había cerrado la puerta.
Simplemente dejamos de cruzarla.
Ella tomó un sorbo de café.
—Mi abuelo decía que las amistades nunca terminan de golpe.
Se parecen a los senderos del bosque.
Si dejas de caminar por ellos, la maleza hace el resto.
La observé.
Seguía teniendo esa extraña manera de hablar en imágenes.
Cuando éramos jóvenes yo me reía de eso.
Ahora empezaba a comprenderla.
—¿Y por qué quisiste volver precisamente aquí? —pregunté.
Miró la ventana.
Afuera apenas podía distinguirse el bosque.
Era una oscuridad viva.
—Porque aquí entendí una cosa.
Esperé.
—Los lugares también nos recuerdan.
No supe qué responder.
Ella continuó.
—Nos pasamos la vida creyendo que solo nosotros guardamos memoria.
Pero las casas recuerdan.
Los árboles recuerdan.
Los caminos recuerdan.
Hasta el silencio recuerda.
La lluvia golpeó con fuerza el techo.
El fuego lanzó una chispa.
Por un instante tuve la sensación de que la casa respiraba.
—¿Sabes qué fue lo primero que olvidé? —preguntó.
Negué con la cabeza.
—Mi miedo.
La miré sorprendido.
Sonrió.
—Después olvidé el rencor.
Y cuando olvidé el rencor comprendí que ya podía volver.
Se quedó mirando el bosque.
—Solo me faltaba despedirme.
No pregunté de qué.
Sentí que aquella respuesta no me pertenecía.
La música seguía sonando.
Wish You Were Here.
Clara cerró los ojos.
—Escucha.
Agucé el oído.
—No escucho nada.
—Exactamente.
Sonrió.
—El bosque nunca habla mientras uno hace preguntas.
Solo responde cuando aprendemos a guardar silencio.
Apagó la lámpara que tenía junto a la silla.
La habitación quedó iluminada únicamente por el fuego.
Antes de retirarnos a dormir me dijo:
—Hay una ventana en el corredor.
No la cierres.
—¿Entra mucho frío?
Negó con la cabeza.
—No.
Hay cosas que necesitan encontrar la casa abierta cuando llega el amanecer.
Mientras preparaba el café, Clara encontró un viejo reproductor de discos compacto cubierto por una tela.
—Todavía funciona —dijo.
Revisó una pequeña caja de madera donde alguien había dejado varios discos.
Sonrió.
—No puede ser.
Sacó uno y me lo mostró.
Pink Floyd.
—¿Lo recuerdas?
—Lo escuchábamos cuando estudiábamos.
—Cuando todavía creíamos que el tiempo caminaba a nuestra velocidad.
Puso el disco.
Los primeros acordes de Wish You Were Here llenaron la sala con una suavidad que parecía no venir de los parlantes, sino de la madera de la casa.
Nos sentamos frente a la chimenea.
Durante varios minutos ninguno habló.
No era un silencio incómodo.
Había silencios que solo podían aparecer después de veinte años.
—¿Sabes? —dijo sin apartar la vista del fuego—. Durante mucho tiempo estuve enojada contigo.
No esperaba aquella confesión.
—Lo imaginé algunas veces.
—¿Y nunca preguntaste por qué?
—Pensé que ya era tarde.
Sonrió con tristeza.
—Siempre creíste eso.
Guardé silencio.
Tenía razón.
Siempre llegaba tarde.
Tarde para pedir perdón.
Tarde para llamar.
Tarde para volver.
—¿Recuerdas el día que dejamos de hablarnos? —preguntó.
Hice memoria.
Solo encontré fragmentos.
—Discutimos.
—No.
—Entonces...
—Nos fuimos callando.
La respuesta me dolió más que cualquier discusión.
Porque era cierta.
Nadie había cerrado la puerta.
Simplemente dejamos de cruzarla.
Ella tomó un sorbo de café.
—Mi abuelo decía que las amistades nunca terminan de golpe.
Se parecen a los senderos del bosque.
Si dejas de caminar por ellos, la maleza hace el resto.
La observé.
Seguía teniendo esa extraña manera de hablar en imágenes.
Cuando éramos jóvenes yo me reía de eso.
Ahora empezaba a comprenderla.
—¿Y por qué quisiste volver precisamente aquí? —pregunté.
Miró la ventana.
Afuera apenas podía distinguirse el bosque.
Era una oscuridad viva.
—Porque aquí entendí una cosa.
Esperé.
—Los lugares también nos recuerdan.
No supe qué responder.
Ella continuó.
—Nos pasamos la vida creyendo que solo nosotros guardamos memoria.
Pero las casas recuerdan.
Los árboles recuerdan.
Los caminos recuerdan.
Hasta el silencio recuerda.
La lluvia golpeó con fuerza el techo.
El fuego lanzó una chispa.
Por un instante tuve la sensación de que la casa respiraba.
—¿Sabes qué fue lo primero que olvidé? —preguntó.
Negué con la cabeza.
—Mi miedo.
La miré sorprendido.
Sonrió.
—Después olvidé el rencor.
Y cuando olvidé el rencor comprendí que ya podía volver.
Se quedó mirando el bosque.
—Solo me faltaba despedirme.
No pregunté de qué.
Sentí que aquella respuesta no me pertenecía.
La música seguía sonando.
Wish You Were Here.
Clara cerró los ojos.
—Escucha.
Agucé el oído.
—No escucho nada.
—Exactamente.
Sonrió.
—El bosque nunca habla mientras uno hace preguntas.
Solo responde cuando aprendemos a guardar silencio.
Apagó la lámpara que tenía junto a la silla.
La habitación quedó iluminada únicamente por el fuego.
Antes de retirarnos a dormir me dijo:
—Hay una ventana en el corredor.
No la cierres.
—¿Entra mucho frío?
Negó con la cabeza.
—No.
Hay cosas que necesitan encontrar la casa abierta cuando llega el amanecer.








