Hay encuentros que no pueden explicarse sin romperse.
Estos textos nacen de esa frontera: la del instante en que algo aparece apenas detrás de la realidad cotidiana. No hablo necesariamente de visiones ni de certezas, sino de presencias. Señales mínimas. Una respiración en la noche. Un mensaje. Un silencio que parece responder.
Me interesa escribir esos momentos sin convertirlos en doctrina. Mantenerlos humanos. Vulnerables. Como alguien que avanza con las manos vacías para demostrar que no viene a herir.
En estos poemas aparecen la tierra, el humo, la roca, la noche, porque necesito que lo extraño tenga materia. Que pueda tocarse. Que deje marcas pequeñas: un corazón estampado en el vidrio, unos pasos sin camino, una figura apenas visible detrás de una roca gris.
Quizá todos estos textos hablan de lo mismo: la búsqueda de una presencia que no termina de revelarse y, aun así, transforma a quien la busca.
No intento explicar lo desconocido.
Solo acercarme.
Sin huellas
Camino sobre la tierra
sin dejar huellas.
Perdí interés
por guardar el agua.
Vivo en el mundo
sin poseer nada.
Mi corazón late.
Detrás de la roca gris
te vi.
Manos
La claridad de la noche
dejaba ver.
Con dificultad.
Te buscaba.
Algo respiraba.
No corrí.
Te mostré las manos
para que vieras
que no estaba armado.
La cita
Me buscas.
Llegaron los mensajes.
Señal recibida.
Iré.
Pasos
Hay tierra.Un paso.
No hay camino.
Otro paso.
No hay nombre.
Llego.
Me arrodillo.
Lloro.
Cenicero
Yo dejé de fumar.
Pero no por eso.
El vidrio
se abría en dos.
A veces,
un corazón
quedaba estampado.
El humo
subía.
No todo
lo que sube
baja.

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