Alas para un vuelo cáustico
Aferrado
al mundo que me ha tocado vivir, voy. Agarrado a tus abrazos y a tus pequeñas
caricias insobornables.
Avanzo
enriquecido por el dulce sabor de tus entrañas y distingo en mí el noble azotar
del aleteo denso y hermoso de mi ignorancia.
Bendita
ignorancia la mía.
Ignorancia
que ilumina mis pasos y consagra mis madrugadas. Ignorancia ardiente como
luciérnaga en el día, como antorcha encerrada y derretida.
¿Qué
sería de mí sin la nobleza de mi ignorancia? ¿Qué haría en mis despertares si
no tuviera alas para emprender el vuelo?
Nada más
permanecería que el tedio y la soberbia de creer comprendido el mundo.
Por eso
reconozco mi osadía al decirlo de pie y con el rostro de frente ante la cascada
que cae desde la montaña.
Sé que
lleno mis labios de asombro ante esta tromba de verdades que deslizan sobre mi
piel.
Y aun
así, prefiero avanzar como un sonriente ignorante de las cosas.
Porque
quizá mis alas nacieron precisamente allí:
en
aquello que jamás terminaré de comprender.

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