Hierro en la voluntad, hueso en la memoria: pensamiento, conciencia y evolución interior.
martes, 16 de junio de 2026
Bañándome en un río con Heráclito
Dicen que para imaginar no necesito nada. Que basta cerrar los ojos y listo: el mundo nuevo aparece.
Mienten.
Yo no imagino desde el vacío. Imagino desde el escombro.
Para soñar otro cauce, primero tuve que ahogarme en este. Para inventar un agua que no corte, primero tuve que sangrar con la piedra. La memoria me dejó el barro en las manos. La imaginación es solo el atrevimiento de meter los dedos y darle otra forma.
El recuerdo es mi biblioteca rota. Cada cristal en el suelo es una página. Cuando quiero imaginar, no miro al cielo: me agacho. Recojo un fragmento que aún arde y le pregunto: “¿y si no hubieras cortado?” “¿Y si hubieras sido ventana?”
Sin la cicatriz, no sabría inventar la caricia.
Sin el grito, no sabría imaginar el silencio que abraza.
Sin haberme perdido en el río de ayer, no podría dibujar el puente de mañana.
La llamita esa que no se apaga hace dos trabajos: con una mano sostiene el álbum de fotos que duelen, con la otra enciende la vela para ver qué más hay en el cuarto.
Heráclito tenía razón: no me baño dos veces en el mismo río.
Pero gracias a la memoria, puedo imaginarme bañándome en otro. Puedo cerrar los ojos, tocar la cicatriz del agua fría en mi piel, y decirle al río que no existe todavía: “te espero”.
Quizás, no, de seguro, imaginar es el acto más humilde.
Es reconocer que todo lo nuevo que creo está hecho de todo lo viejo que me pasó.
Es arrodillarme frente al barro de mi vida y susurrarle: “déjame intentarlo otra vez, pero distinto”.
La memoria me da las piedras.
La imaginación me da el coraje de lanzarlas al agua y ver qué ondas invento.
Y si no floto, al menos habré dibujado un círculo nuevo en el río.
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